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LAS ALUSIONES PERDIDAS


Todo lo que se eleva, algún día se jubila. Luego de su cauda triunfal de dioses, semidioses, héroes, especies menores (ninfas, faunos), fuerzas de la naturaleza, gigantes, monstruos, bestias fabulosas, sangre de los dioses y talones vulnerables, le toca el turno del descenso a la cultura clásica (grecolatina), de venir a menos. Compruébelo y responda en el examen que ya no tendrá sentido hacer. ¿Cuáles fueron los trabajos de Hércules? ¿Quién fue Ganímedes y qué posibilidades tenía de acusar feudalmente a Zeus? ¿Quién sigue a los articulistas que, como tantos del siglo XIX y la primera parte del siglo XX, hablan de «la obligación del gobierno de limpiar los nuevos establos de Augías»? ¿Quién fue «el Oráculo de Delfos» y en qué se diferenciaba de las secciones astrológicas de los diarios? ¿Por qué se podría acusar a Circe de «asesina serial»? ¿Qué sucedía en la Laguna Estigia y por qué Caronte parecía guía de turistas del Más Allá? ¿Cuáles eran las encomiendas específicas de Clío, Euterpe, Thalía, Calíope, Melpómene, Polimia, Erato, Urania y Terpsícore, y cómo le decían a su grupo? ¿Quién fue Laocoonte? ¿Qué libro empieza con «Canta, oh diosa, la ira del pélida Aquiles»? (si ya se vio Troya, se hace trampa).

Y a las arenas movedizas del recuerdo cultural les asesta el último golpe Internet, más específicamente Google. Se delegan el arte o incluso la burocracia de la memoria a la tecnología, y con ello se relega la antes tan ensalzada capacidad asociativa. Lo inevitable (la ayuda de la tecnología) mata lo antes valorado (la cultura como memoria a disposición).

A las frases célebres, tan estimulantes por siglos, las sustituyen, y ampliamente, los aforismos de Oscar Wilde, Groucho Marx y Woody Allen. Es más fácil, por oportuno, decir: «Yo no entraría en un club que me aceptase como socio» o «Katharine Hepburn recorrió toda la gama de las emociones, de la A a la B» o «No es que tenga miedo de la muerte, es que no quiero estar allí cuando suceda», que evocar el «Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre» o «Dadme la libertad o dadme la muerte» o «Inglaterra espera que cada hombre cumpla con su deber». Oscar Wilde aseguró: «Todo lo puedo resistir menos la tentación», y resultó la vanguardia de la operación que volvió alusiones perdidas a la mayoría de las frases célebres. La ironía y la autocrítica irónica han sepultado el énfasis heroico de las conversaciones.

Esto es parte del proceso que quiere eliminar lo «no moderno» de la vida cotidiana, y esa «no modernidad» incluye los raptos oratorios, y lo que se juzga irrelevante por ornamental, o tal vez ornamental por irrelevante, los monólogos o diálogos con intención política. Ahora, y no sólo entre políticos, las frases que dan relieve a discursos o conversaciones ya no provienen de la intención metafórica sino de las encuestas o las estadísticas. Ya no se mencionan «el sacrificio en el ara de la patria» o «la sangre redentora ilumina el Progreso», y lo usual es tomar de informes y encuestas las «nuevas metáforas»; «el 46,7 por ciento que opta por el avance y no por el estancamiento». Los números no son poéticos pero su retórica se impone al ser objetos de la religiosidad contemporánea.

La atención a la tecnología desvanece provincias enteras del conocimiento, y arrincona la erudición. Un erudito ya no es, socialmente hablando, un sabio, sino --sin estas palabras, con este sentido-- un depósito amable de intrascendencias que no se piensan conocer. Y el antiguo conocimiento público se confía casi en secreto a las universidades.

¿De qué se habla cuando se anuncia la «catástrofe educativa»? De varios procesos simultáneos: la incapacidad de las escuelas públicas y privadas de actualizar los métodos de enseñanza; el crecimiento de la población escolar y la disminución constante de recursos del Estado en el caso de escuelas públicas; el fin de la creencia en las bondades providenciales del título universitario; la falta de previsión en lo tocante al mercado de empleos; la conversión de la modernidad de atmósfera indispensable en religión civil. Esta catástrofe educativa es el gran subsidio de las alusiones perdidas.

Estas palabras de Monsiváis son parte del discurso de agradecimiento que dio al recibir el Premio de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara el año pasado y que ahora se acaba de publicar, con el título Las alusiones perdidas (Anagrama) y una presentación de José Emilio Pacheco.